IRYNA Y LA MUERTE DE LA COMPASIÓN

Han pasado ya seis meses desde aquel fatídico 22 de agosto, seis meses desde que el nombre de Iryna Zarutska, una joven de apenas 23 años con toda la vida por delante pasó a engrosar la lista de tragedias absurdas.

Sucedió en el metro de Charlotte, Carolina del Norte, sin mediar palabra, sin motivo, bajo la «iluminación» de un demente, Iryna recibió tres puñaladas en el cuello; no lo vio venir pero su vida se escapó en el frío suelo de un vagón, en una soledad que desgarra el alma.

Pero lo que me lleva martilleando la conciencia este medio año no es solo la crueldad del asesino, desgraciadamente, el mal existe, lo que realmente me quita el sueño, lo que me hace darle vueltas a la cabeza hasta el agotamiento, es el comportamiento de las cinco personas que compartían ese espacio con ella, hombres, mujeres, jóvenes y mayores, cinco testigos que, en lugar de ser el último refugio de un ser humano indefenso, se convirtieron en el epitafio de nuestra propia sensibilidad.

Puedo entender que el miedo paralice en el instante del ataque, el pavor es humano, pero lo que me resulta aterrador, lo que me parece una herida mortal a nuestra esencia, es lo que ocurrió después. El video de los hechos es una bofetada de realidad: una vez consumada la agresión, esos cinco compañeros de viaje se levantan, miran de reojo a la niña que se desangra muerta de miedo y se marchan.

La dejaron morir sola, ni una mano tendida, ni un abrazo protector, ni una palabra de consuelo que la acompañase en sus últimos segundos de vida, nada, se fueron en silencio, dejando que el shock y el vacío ocuparan el lugar donde debería haber estado la humanidad.

Esto me conduce a hacerme una pregunta inevitable que me hiela la sangre: ¿Qué esperanza tengo hoy de que, si mi mujer, mis hijos o mi nieto sufren un percance fuera de casa, alguien se detenga a auxiliarlos?

Vivimos en un mundo narcotizado por la tecnología, nos hemos vuelto esclavos de esa pantalla de cristal que llevamos en el bolsillo y que nos mantiene idiotizados. Hoy, ante una caída, un accidente o una tragedia, lo primero que muchos hacen no es tender la mano, sino pulsar el botón de «grabar», priorizando el like, la reproducción o el simple hecho de ser los primeros en informar a una masa anónima, por encima de la vida que se apaga frente a nuestros ojos, es una estupidez tan profunda que resulta criminal.

No puedo evitar mirar atrás con nostalgia, a esa sociedad en la que crecí hace más de cuarenta años. Un tiempo donde las puertas de las casas estaban abiertas y los vecinos eran una extensión de la propia familia. Éramos «un hijo más» para cualquier adulto del barrio, si te portabas mal, cualquier desconocido te reprendía con la autoridad que daba aquella conciencia colectiva de educación.

Recuerdo, con el corazón apretado, cuando mis abuelos me subían solo al tren en mi pueblecito extremeño con apenas 8 o 9 años, llevaba cajas de cartón llenas de productos de la tierra para mis padres en Madrid y mi abuela solo decía una frase a los desconocidos del compartimento: “Échenme un ojito a mi nieto, por favor”, con solo eso bastaba, existía una corresponsabilidad, un cuidado mutuo, un hilo invisible que nos unía a todos.

Me dirán ustedes que eran otros tiempos, pero yo les respondo que prefiero mil veces aquellos tiempos del «buenos días», del «perdón», del “por favor” y del «gracias», a esta selva deshumanizada donde nos miramos con sospecha y no levantamos la cabeza del teléfono móvil como auténticos zombis, un tiempo en el que ha desaparecido la comunicación personal entre nosotros, incluso en casa en favor de un aparato que jamás supimos controlar y que nos mantiene esclavizados, matando la esencia propia de ser humano, del ser que se supone en la cúspide del reino animal por su ¿ raciocinio ?.

Si hemos perdido el instinto de proteger al indefenso, si hemos olvidado que el dolor del prójimo es también el nuestro, entonces hemos perdido el rumbo definitivamente. No quiero vivir en una jungla de indiferencia, me niego a aceptar que la mezquindad sea nuestro nuevo lenguaje.

Hoy lloro por Iryna, pero también lloro por nosotros, porque el día que esa joven murió sola en el suelo de aquel vagón, un pedazo de nuestra humanidad murió con ella.

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