Este pasado fin de semana fui testigo de una situación tan desagradable como injusta en un bar, situado en la barriada de San José Artesano, en Algeciras. Y conviene dejarlo claro desde el primer momento: en ningún caso la mala experiencia tuvo que ver ni con el servicio ni con el producto que se ofrece en este magnífico establecimiento. Todo lo contrario.
El origen del malestar fue una pareja sentada en una mesa contigua a la mía, que mantuvo durante toda su estancia una actitud denigrante hacia el camarero que los atendía. Un profesional que, pese a los continuos desplantes, actuó en todo momento con educación, silencio y una profesionalidad digna de elogio.
Le reclamaron varias tapas alegando que no se correspondían con lo solicitado o que no estaban en condiciones óptimas, algo totalmente incierto. Hablamos, además, de consumiciones cuyo precio no superaba los tres euros. Pero el episodio más lamentable llegó al pedir la cuenta, cuando uno de ellos le espetó al camarero, con tono despectivo, que esperaba que “al menos en eso no se equivocara”. Añadió que pagaría en efectivo y que no limpiara la mesa antes de cobrar.
La escena dio un giro cuando apareció el dueño del local, quien, con educación, preguntó si podía hacer algo para solucionar su manifiesto descontento. La respuesta de la señora fue tajante: no volvería más y, según ella, no eran profesionales. Mientras tanto, el hombre que la acompañaba pedía disculpas al camarero, llegando incluso a justificar su comportamiento diciendo que “no le hiciera caso, que estaba loca”.
Todo esto sucedía ante la mirada de un comedor y una terraza completamente llenos, donde decenas de comensales disfrutaban, reían y conversaban animadamente mientras degustaban tapas de calidad, servidas con eficacia y buen hacer.
Desde mi larga experiencia en el sector de la hostelería, un mundo en el que no solo eché los dientes, sino que los perdí y los volví a echar, llegué a una conclusión clara: nunca hemos tenido profesionales de la hostelería tan preparados como ahora. Personas formadas académicamente, versadas, letradas, licenciadas e incluso doctoradas, que han encontrado en este sector no un refugio provisional, sino una profesión digna.
Sin embargo, como sociedad, seguimos fallando en algo esencial: entender que quienes nos atienden son profesionales que prestan un servicio y, sobre todo, personas que merecen respeto. Empresarios y clientes debemos valorar el trabajo y el esfuerzo de los trabajadores de la hostelería en todos sus gremios, para que esta no sea una salida transitoria, sino una profesión reconocida y respetada social y económicamente. Porque una hora de trabajo en hostelería vale exactamente lo mismo que la de cualquier otro trabajador.
Por todo ello, y sin la menor duda, volveré a este Bar. Por su servicio, por su producto y, sobre todo, por su gente.






