Carta desde el Andén de la Memoria

Magacela, en algún rincón eterno de Extremadura.

Queridos abuelos:

​Os escribo desde este presente que a veces pesa demasiado, con la vista empañada por el humo de una locomotora que solo yo alcanzo a ver. Dicen que el tiempo todo lo borra, pero se equivocan; el tiempo solo ha hecho que el aroma de esa pastilla amarilla de Heno de Pravia entre mi ropa limpia sea el único perfume que reconozco como «hogar».

​Todavía guardo en las manos el frío del metal de mi cochecito de cuerda «Payá», aquel tesoro heredado que fue mi fiel escudero en las expediciones al «doblado». Ese universo de sombras y misterios donde el polvo parecía polvo de estrellas y donde cada trasto viejo contaba una historia de antes de que yo naciera. Me llevé conmigo el eco de mis juegos, pero dejé allí, entre las vigas de madera, un pedazo de mi asombro.

​Aún escucho el motor del taxi de Antonillo llegando a la puerta. Recuerdo el nudo en el estómago, ese corazón de ocho años que quería saltar del pecho mientras veía cómo cargabais los bultos. Aquellas cajas de cartón desgastado, atadas con cuerdas que guardaban el tesoro más grande del mundo: vuestra vida en forma de viandas. Los huevos envueltos con el mimo de quien sabe que entrega oro, el papel de estraza transparentando el cariño de la matanza, y ese olor a hornazos y perrunillas que era el contrabando de amor que enviabais a Madrid.

​En el andén de la Estación de Magacela, el mundo se detenía. El bullicio, las risas, el trajín de las cestas de mimbre… y de pronto, el silencio contenido cuando el hombre del gorro rojo salía a anunciar al monstruo. Aquella mancha negra que crecía en el horizonte, escupiendo un penacho de humo gris, no era solo un tren; era el gigante que venía a arrancarme de vuestro lado.

​Me veo a mí mismo, pequeño y asustado, tutelado por una extraña pero aferrado a la ventanilla. Recuerdo el «¡viajeros al tren!» como el grito que marcaba el fin del paraíso. Y luego, ese jardín de brazos en alto que florecía en el andén mientras las ruedas empezaban a cantar su traqueteo sobre el hierro.

​Me asomé todo lo que pude, dejando que el viento me despeinara el flequillo y me secara las lágrimas que no quería mostrar. Vi cómo vuestras figuras se hacían pequeñas, cómo el Castillo de Magacela se fundía con el cielo, y sentí, con la sabiduría triste de los niños, que ese tren no solo me llevaba a la capital, sino que me estaba robando un trozo de infancia que jamás volvería a recuperar.

​Hoy sé que no me lo robó. Lo guardó en un cofre de hierro y madera para que, años después, yo pudiera abrirlo y encontraros allí: eternos, en vuestro andén, saludándome para siempre.

​Vuestro nieto, que nunca terminó de bajarse de aquel tren.

​A.G.

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